Moka: una bella cachorra de pastor alemán

Escribir esta entrada fue un tanto complicado porque tocó fibras muy sensibles de mi corazón. ¿Y eso por qué? La llegada de Moka a mi vida se adelantó, pero fue lo mejor. Era el momento oportuno y porque así lo quiso la vida, bueno, en realidad fui yo quien dijo «va, démosle».

Yo conocía de lejos el amor de perritos. Nidia llegó a tener 6 de los grandes (rotwaillers y labradores) y con ella me enteraba de los momentos especiales, pero hasta allí. No comprendía a cabalidad el amor que se llega a sentir por una mascota, un peludo, un firulais.

La ilusión de toda mi vida: tener un pastor alemán

Mis abuelos tuvieron una pareja de pastores alemanes, creo que eran de manto café. Mi mamá en su juventud también contó con la compañía de uno, llamado Toby. A la casa llevaron un pastorcito cuando éramos pequeños, pero por razones que no sé, y no quiero ahondar, se lo tuvieron que llevar. Desde ese entonces había tenido la idea, la ilusión, entiéndase el deseo, de llegar a tener un perrito y que fuera de esa raza.

Pasados algunos añitos se llegó la oportunidad: es una perrita a la que nombramos Moka. Es una pastora alemán de manto negro, que nació en Suchitepéquez.

Desde el día que la fuimos a traer quedé enganchado. Ese día llegamos al famoso Sarita, por la autopista Palín-Escuintla. El primer contacto fue de lo mejor: Nidia con su entusiasmo de siempre le habló de lejitos, en el parqueo, y ella corrió a buscarla. Qué momento aquel, ver al bodoquito corriendo a donde estábamos, sin conocernos.

Mascota o perrhijo

Es indudable que los perritos tienen una mirada especial. Te enamoran y conquistan con sus gracias y hasta con sus travesuras. Pero lo que hemos aprendido es que debe ser saludable la relación entre nuestra mascota y nosotros, sus humanos.

Por ese motivo y por la recomendación del veterinario buscamos una escuela canina en la que estamos empezando, pero hemos avanzado y aprendido mucho.

Nuestro deseo es que su espíritu rebelde e indómito le sirva para ser una Moka educada y bien portada, donde sea, pero con una salud mental y física de lo mejor. De momento es cachorra todavía y sus travesuras son normales, aunque a veces quisiera darla en adopción, cambiarla por un Wii, un french, una bicicleta de ruta, venderla…

Donde vivimos tiene dos amigos, así bien identificados. Un humano y un perrito. El humano es el panadero, don José, quien pasa con su moto dejando el pan y ella al escuchar el «piii piii» de la bocina se emociona para salir a saludarlo.

El otro es un french, llamado Nico. Cuando se conocieron eran casi del mismo tamaño y simpatizaron desde el primer momento. Él le ha servido a Moka como mediador con los perros con los que no se lleva muy bien, la calma o la calla y le demuestra que también son amigos los otros peludos.

Ahora, ya lo dejó en tamaño pero a lo lejos recuerdan cuando era muy buenos amigos y el temperamento de cada uno les permitía estar molestando.

Casi al año y medio de estar con nosotros, llegó Latte, una perrita rescatada de las calles y esta es su historia.

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