Mi historia con las bicicletas

Afortunadamente aprendí a manejar bicicleta cuando era niño. De hecho fue en casa de unos primos que vivían en otra localidad. Recuerdo lejanamente que era una bicicleta de niña, algo que a esa edad ni atención le presté, la idea y la gana era saber cómo le hacía la gente para no caerse y pedalear al mismo tiempo.

Después de caídas y algunos raspones logré dominar la conducción. Para ser honesto no recuerdo en qué momento ya manejé al 100%, asumiendo que ya sé manejar bien en la actualidad.

Tampoco tengo noción de en cuánto tiempo lo logré, lo que sí tengo claro es que aproveché bien el tiempo en esas visitas porque el viaje hacia la casa de ellos era de vez en cuando.

¿Cómo le hacés para manejar, si ni tenés bicicleta?

Como les contaba, aprendí de pequeño a conducir la bicicleta. Algo muy común en áreas de Guatemala es que no todas las familias tienen los recursos necesarios para adquirir una bicicleta, al menos ese fue mi caso.

En nuestra casa nos las arreglamos de una manera muy habitual: los amigos de infancia.

A mi colonia llegó una familia originaria de Jutiapa, de la que dos preadolescentes se hicieron nuestros amigos, coincidentes en edades con mi hermano y yo.

Ellos tenía una BMX roja que no recuerdo muy bien si la adquirieron con el tiempo o si ya la traían. El asunto es que la empezamos a utilizar para jugar en la calle frente a nuestras casas y en cuadras vecinas.

Para ese entonces, mi papá nos entusiasmó y asesoró en la restauración de una bicicleta antigua, la «Hércules». Nos iba indicando qué hacer para repararla y ponerla en marcha de nuevo. Por supuesto que nos brindó también los recursos para comprar los repuestos que hacían falta. Al fin de cuentas logramos recuperarla y la empezamos a utilizar.

«Antes ni una, ahora dos»

Pero esto no se quedó allí. No sé de qué manera o por medio de qué azares del destino también teníamos una bicicleta, creíamos que era una tipo californiana, en completo abandono en una bodeguita, en un rincón de la casa.

Como era de esperar en esta anécdota, la reparamos con lo que pudimos y de un momento a otro, teníamos 2 bicicletas.

¡Esto, para mi hermano y para mí, fue la gloria!

El título de este apartado se lo debemos a otro amigo de la infancia, siempre de esa época. Él no se guardaba nada, era un entusiasta e indiscreto niño, era el menor del grupo, pero no le costaba expresarse.

El día que salimos a la calle frente a la casa a utilizar ambas bicicletas fue cuando se le escapó esa frase con todo sentimiento: ¡¡¡¡Antes ni una, ahora dos bicicletas!!!

Lastimosamente la bici amarilla no la conservamos porque la utilizamos para adaptarla y hacer una especie de carro de carreras para un evento de los scouts y con el tiempo se volvió chatarra.

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